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¿Volvería a hacer un Ironman 70.3?

Después de una semana y media (porque no llegaban las fotos), aquí la reseña de mi primer Ironman 70.3 en Cozumel.

Fue un evento extremadamente difícil para mí. No solo en la competencia, desde la parte de previa significó un reto que tuve en mente casi un año antes. Sabía que tenía que llegar lo mejor preparado posible, así que empecé desde 2020 a cuidar mi alimentación. Llegué a bajar 18 kilos, todo con un mismo propósito “Voy a hacer un IM70.3”. Evidentemente eso ayudo a mejorar mi condición física en muchas cosas. Empecé a romper records personales, a correr mas rápido y a nadar un poco mejor; solo un poco mejor.

Dejé de hacer muchos planes, dejé de comer muchas cosas y todo acompañado de una misma respuesta: “tengo que entrenar”.

Durante la competencia todo eso tuvo un porqué. Fue un trayecto más difícil de lo que pensaba. La corriente en la natación era fuertísima, tanto que a veces veía inalcanzable llegar a un boya, y cuando lo lograba, veía otra a lo lejos. Fue ahí cuando apliqué uno de los mejores consejos que me han dado: una boya a la vez.

Cuando salí del agua vi mi reloj y había nadado más de 20 minutos arriba de lo que tenía pensado. Ahí supe que hacer un sub 6 horas iba a estar muy difícil pero me tenía que aplicar en la bici.

Ya en la bici empecé a sentir un dolor en la pierna, una lesión que empece a cargar un mes antes de la competencia. Ahí entra lo mental, si le doy más duro trueno y me falta la carrera. Pero aún así le di fuerte para recuperar, hasta que llegó la famosa zona del viento en contra. Pedaleas, te agachas, haces cambios pero el viento te abraza y te frena. Es frustrante pero ya me lo habían advertido. Cuando por fin logré salir de ahí y empecé a ganar posiciones, llegó una tormenta de lluvia súbita, No podia ver nada y literal iba rodando entre charcos de agua. Me encontraba a otros triatletas y nos decíamos entre nosotros, “nadie nos va a creer esto”.

Terminé de rodar empapado y llegué a la transición de carrera. Salí con euforia, a ritmo de 4:50 pero de nuevo recordé la mente, “faltan 21 kilómetros, contrólate”. Traté de irme a un paso más relajado los primeros 11 a 15 km y después subir el paso para cerrar bien. Obviamente no pasó. Entré mas pasaba el tiempo, el calor y la humedad iban creciendo, me echaba hielo dentro del traje, tomaba agua en cada punto de hidratación y las piernas estaban dispuestas a acalambrarse con cada paso. Llegó un punto en que hablaba con mi cuerpo pidiéndole un pacto, “Solo dame tres kilómetros más y esto se acabó”. Y así fue, veía la meta a lo lejos, la gente echando porras y sabía que esto iba a terminar antes de que colapsara. Las porras de mis amigos me dieron un boost para cerrar más rápido y al cruzar la meta de la nada empecé a llorar, nunca me había pasado algo así, pero era algo muy desde adentro, era entre cansancio, felicidad, frustración, dolor, pero mi cuerpo me estaba llenando de emociones. Emociones que tenían que ver quizá con todo lo que viví y vi antes y durante la carrera. Saber que había muchos que no pudieron salir de nadar porque la corriente no los dejó. Ver otros en la bici con fallas mecánicas que se quedaron ahí, ver otros ser llevados por ambulancias y saber que alguien murió durante la competencia que tenía el mismo objetivo que yo.

Obviamente la primera pregunta fue “¿Lo volverías a hacer?” y de inmediato fue un NO rotundo, hoy, mas calmado pienso que quizá sí, mejorar cosas, aprender de lo vivido e intentarlo una vez más.

Por hoy solo me queda agradecer a Cassia Miranda por ser mi guía en temas de nutrición, sin duda lo más difícil. a Quirino Gutierrez de Runner Factory por guiarme durante este difícil proceso. A Edgar Fonseca de Triatlón Aspid por hacerme enamorarme de este deporte por tantos años y a Paulina Lopez por ayudarme a entender que la mente también necesita entrenamiento. 

Nos vemos luego, Ironman 70.3

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